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Red y todo lo que viene pegado… (y 2)

Arturo Rodríguez

25 de agosto de 2008 - 09:14


Había quedado pendiente para esta segunda entrega el intento de acercarme a la incidencia que el término (congestionado) de “red” podía llegar a tener en nuestra propia vida, una vez confirmada la imposibilidad de disociar ésta de nuestro proyecto creativo.

Y es aquí cuando el vértigo que produce la idea de pensarnos -hoy en día- nos deja bloqueados al borde del precipicio y, paradójicamente, sin red alguna.

Afrontar cuestiones como ésta, que precisan incluirnos a nosotros mismos en el paisaje que analizamos junto a ideas que son nodos o que son redes o que son trampas, y frente a términos escurridizos cuando no borrosos, resulta ser un ejercicio ciertamente complicado. ¿Cómo y dónde encajar todo lo que nos ocurre en estos resbaladizos territorios del “Cibermundo, la política de lo peor” (1)?, o ¿cómo y cuándo encontrar el lugar para la conciencia y sus aledaños en estos “Tiempos hipermodernos” (2)? ¿Acaso todavía hemos de seguir poniéndonos en relación con el mundo? ¡¿Pero esto no estaba ya solucionado?! “Voy a hacer un google…!!” (expresión coloquial con la que se saldan todas las dudas).

Tras haber probado con algunas lecturas en el intento de ir alimentando un descreimiento creíble para ser aquí volcado y sin encontrar fuentes inspirativas de intensidad suficiente, tengo que referirme de nuevo a la ineludible publicación de Espai en blanc, “La sociedad terapéutica”. Ahora muy especialmente al texto de Wenceslao Galán: “Nosotros, el psicoanálisis y la política”, que se apareció ante mí como un espejo, mejor dicho, como un diván al que me sentí enchufado desde el principio, que decía lo que yo hubiera querido decir o que, al menos, era justo lo que necesitaba leer… Traslado aquí un fragmento que espero os remita al texto completo, que tiene la capacidad de poner en relación lo que era mi intención para esta intervención, esa dificultosa labor de integrar nuestra supervivencia en el mundo conectado desde una perspectiva política.

Dice W.Galán: “…En resumen, hemos pasado del régimen de la disciplina al del control, del de reparto de atributos al de la movilización general. El efecto de ese desplazamiento es que la realidad ya no se presenta como un conflicto entre discursos que la construyen, la liberan, la disputan. Nuestra relación con el mundo, nuestro modo de "estar ahí", no envuelve ni implica ya ninguna decisión, ninguna posibilidad, ningún acontecimiento, el momento que compromete la forma del mundo o el sentido de una vida. Por el contrario, la realidad no consiste más que en -eso- a lo que hay que conectarse. Y tal es, por tanto, nuestra relación con el mundo: conectarse o morir”.

Del mismo modo que el poder consiguió hacer del miedo un arma, inoculándonos el autocontrol y haciéndonos a todos vigilantes de todos, la conexión se ha convertido en el símil de “estar” y avanza velozmente para conseguir la identificación con el “ser”.

W.Galán desarrolla en el texto lo que él denomina “la transformación de los significantes”, que de ser eslabones del discurso pasan a ser nodos que lo conectan y nos conectan a “un flujo de posibilidades abstractas”. Así, sobrevivir es invertir en la propia conectividad; el éxito pasa por la calidad de la conexión; el poder se establece en el interés de los nodos que incorpora su discurso…

De este modo, vemos cómo una idea interiorizada de conexión, que no es otra cosa que el síntoma de que la red nos atraviesa, llega a nuestra conciencia, penetra en nuestras sensaciones y afecta a la percepción que tenemos de nuestras relaciones. “Estamos y somos” en el mismo paisaje del que con frecuencia hablamos y escribimos con afectada distancia. No podemos abstraernos de que un mundo enredado como el nuestro exige nuevas herramientas para interpretarlo y que probablemente estas herramientas haya que desarrollarlas a través de formas de colaboración todavía por explorar, en donde lo colectivo experimente un desarrollo que, aún siendo “comprometido” (vista la languidez que viene adquiriendo el término), tenga la capacidad de “reconectar” con escenarios reales de debate, en donde la transformación sea efectivamente una posibilidad.

En estas circunstancias y avanzando en la ascensión a la mesa del banquete por la vertiente más complicada ¿cómo podemos encontrar esas fisuras de las que hablaba Santi para la puesta en práctica de las operaciones que indicaba Natxo? ¿De qué modo abordar el trabajo colectivo al que se refería Jorge? ¿Cómo y dónde hemos de mirar para actuar conjuntamente a través del cortocircuito, de la acción combinada en el ámbito de la cultura, del arte y de la comunicación para fijar objetivos de carácter social? Y sobre todo: ¿cómo hemos de pertenecer a este movimiento? ¿cómo hemos de ser en este tipo de operaciones?

Arturo / Fito Rodríguez


Notillas: De pronto aparecieron estos dos títulos incrustados en la frase, casi por azar:

(1) Con “El cibermundo, la política de lo peor”, de Virilio, (1997), entendimos la necesidad de resistencia frente al fantasma de la democracia virtual, y tragamos saliva al darnos cuenta de que tras Internet se escondía la militarización de la información con eso que el autor denominaba el “complejo militar - informacional”, una nueva forma de totalitarismo…

(2) Con “Los Tiempos hipermodernos”, de Gilles Lipovetsky, (2006), hemos podido entender lo que era posmoderno, precisamente porque para el autor la posmodernidad llegaba a su fin con el triunfo del consumo, del hiperindividualismo y del culto al presente. La red no es ya un elemento externo, no hay un análisis específico de la misma, sino que es vehículo y escenario de esa neofilia.

Discúlpeseme la ligereza del comentario, pero entre los casi diez años que va de un título a otro he percibido una especie de asordinamiento de la alarma. El texto de Virilio encendía nuestra crítica como si viniera servida con guindillas picantes; con Lipovetsky, la crítica viene en un plato grande decorado con mermelada de esas mismas guindillas…


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