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Ni apocalípticos, ni integrados

Santiago Eraso

12 de agosto de 2008 - 10:26


La crítica cultural es más antigua que su nombre. El mito de la caverna de Platón es su paradigma inigualado. El análisis de la realidad y su representación, la pérdida de sentido y su adecuación o inadecuación son cuestiones recurrentes que se aplican al estudio de los avances tecnológicos. Cada vez que la humanidad ha desarrollado alguna herramienta de progreso se produce una confrontación entre partidarios y detractores.

A cada innovación en el campo de la comunicación siempre le ha perseguido su sombra, la sospecha insoslayable. La alfabetización fue una amenaza para los privilegios de los sabios e ilustrados. En el siglo XVIII se prevenía contra la lectura de novela, que adquiría carta de naturaleza en los umbrales de la Ilustración. De igual modo, actualmente se critica la televisión como mediador de la “estupidez” o a Internet como almacén de basura cognitiva.

El estudio de la relación entre los medios y la comunicación tardó muchos años en normalizarse. Durante siglos fue un apéndice de la filosofía. En 1932 Bertold Brecht, en pleno ascenso del nazismo, ya lo anunciaba en Teoría de la radio, un texto premonitorio sobre “la radio como aparato de comunicación”; un año después Goebbels, a la sazón ministro de Hitler, creó “El Ministerio para la educación del pueblo y la propaganda”. Poco después en 1936, Walter Benjamin en su, más que citado y comentado, texto La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica ya anunciaba cambios en el campo de la comunicación y modificaciones substanciales en la concepción de la obra de arte; modificaciones que la tecnología digital ha llevado hasta el paroxismo cuando nos referimos, muy a menudo, a la pérdida de sentido del concepto “original”. A pesar de estos progresos en el estudio de las relaciones entre los avances tecnológicos y la comunicación, todavía en los años 50 su consideración académica seguía relegada. Fue a partir de los 60 cuando, gracias a las teorías sobre la televisión de Marshall McLuhan, se empezó a reconocer su importancia y su transcendencia, con la popularización de conceptos como “Galaxia Gutenberg”, “aldea global”, medios “fríos” y “calientes”, “el medio es el mensaje”, así como su descripción de los “medios de comunicación” como “extensiones” de las personas.

Las últimas décadas se ha avanzado mucho en este sentido. Desde que el conocimiento se ha transformado también en industria, la ciencia de la comunicación y de los medios se ha convertido en un campo en auge académico. Hoy, oír hablar de “industrias culturales” es habitual. De hecho, más allá de esa concepción empresarial de la cultura, es difícil encontrar conocimiento que no haya sido integrado en alguna forma de mercado. Cualquier forma de producción de subjetividad, manifestación artística o actividad cultural es susceptible de convertirse en “objeto de cambio”, quedando relegada su “función de uso”. Definitivamente, los “medios de comunicación de masas” ocupan el centro de las agendas políticas y de los intereses económicos. No está de más recordar el magnífico trabajo de Fito Rodríguez y Jorge Luis Marzo llevado a cabo en Spots electorales. El espectáculo de la democracia para resaltar la deriva publicitaria que emprendieron, hace años, la comunicación y la política.

Umberto Eco publicó en 1965 Apocalípticos e Integrados, un estudio sobre la cultura popular y los medios de comunicación, donde examina las diferentes posturas de la sociedad ante la cultura de masas. En el mismo sentido que Eco, el filósofo y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger, en un artículo titulado El evangelio digital afirmaba que: “El hecho de que los profetas de los medios aparezcan en fila de a dos nos es sorprendente. Ambas facciones siguen un modelo conocido de la historia de las religiones. Por un lado, nos encontramos con los apocalípticos; por otro, a los evangelistas. En más de un sentido el progreso técnico se ha presentado como el sucesor de las religiones reveladas. Salvación y condenación, bienaventuranza y maldición".

Los llamados “apocalípticos” encuentran en la cultura de masas lo que ellos consideran la “anticultura”, signo de la decadencia total. Se resisten a reconocer cualquier nuevo progreso como valioso, ya que su aceptación supondría la aniquilación total de los patrones culturales ya establecidos y la desaparición de los cánones. Condenan todo aquello que tenga que ver con nueva tecnología y su empleo en el arte; rechazan la distribución y democratización de la información y el conocimiento.

En un claro contraste, los “integrados” son aquellos que creen de manera optimista y defienden este fenómeno ciegamente. Están convencidos de las bondades de las nuevas tecnologías, y las difunden como parte fundamental de un futuro más libre y prometedor. Para los integrados, la nueva cultura de la red (myspace, youtube, facebook, etc.), como dice Natxo en su último post/texto, se presenta ahora como solución a todos los problemas; los más ingenuos ven en la aldea global la panacea de todos los males: las comunicaciones y el establecimiento de redes mundiales libres; la democracia electrónica directa; la igualdad de acceso al conocimiento; la desaparición de las jerarquías y un sinfín de “regalos” de la democracia digital que nos traerán un mundo mejor y más armónico. Más allá del entusiasmo y la inocencia o de la dualidad maniquea, la realidad que las tecnologías digitales están configurando aparece como un paisaje complejo que difícilmente podemos reducir a una simple confrontación entre el bien y el mal. No debemos olvidar que el verdadero evangelio de la red es el capital y que, por tanto, no es fácil escapar de las contradicciones que genera. Del mismo modo que otros medios de comunicación han sucumbido a la seducción del negocio, Internet nunca ha dejado de ser un espacio para conquistar por los intereses de las grandes corporaciones industriales y de la comunicación. Los intentos por acabar con la independencia de la red, más allá de su condición subalterna respecto al capital, están siendo cada vez más difíciles de evitar. La precarización del conocimiento respecto a la publicidad, los ataques de las sociedades de gestión en connivencia con muchos gobiernos para criminalizar las redes P2P, las propuestas de “normativización” y control de contenidos. En definitiva, la clausura de su potencial comunicativo. En estas circunstancias, tal sólo en las fisuras que se producen en determinadas incompatibilidades y desacuerdos es donde podemos desarrollar vías de crítica social y reapropiación de la experiencia digital. Los antagonismos entre la cultura propietaria y la cultura libre; entre la cultura del copyright y la del copyleft o el software propietario y el software libre; entre la autoría individual y la creación colectiva o colaborativa; entre el concepto restrictivo de original y la defensa de la copia y la apropiación; entre la cultura de la escasez y la de la abundancia; entre la “disponible” o del permiso y la accesible; entre la ciencia académica y las ciencias sociales o 2.0; entre la educación autoritaria y la pedagogía participativa; entre la información centralizada y el periodismo ciudadano; entre monopolios culturales y producciones independientes; entre los intentos de criminalización legisladora y los flujos antiautoritarios; entre la cultura del pánico o la culpabilización y la de libertad de la corresponsabilidad. Antagonismos que se pueden resolver, como dice Natxo, desde conceptos como: Multitarea – Simultaneidad – Multidisciplinariedad – Multiusuario -Versatilidad del display/interface - Independencia de los dispositivos - Código Abierto.

Santiago Eraso

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