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ESPAI EN BLANC

Santiago Eraso

19 de junio de 2008 - 16:47


En Barcelona, la ciudad de los grandes eventos y festivales, la gente actúa y reacciona contra la creciente individualización de la experiencia. Aunque existe una poderosa tendencia hacia la fragmentación de la ciudad, se crean comunidades que, guiadas por la necesidad de actuar colectivamente, se organizan en redes sociales. Frente a la vocación privatizadora del conocimiento surge un nosotros que reclama el derecho a la palabra y la acción sin mediación.

El 29 de Mayo de 2008, organizado por Espai en Blanc, tuvo lugar el último encuentro del ciclo La sociedad terapéutica. Desde enero, todos los jueves, más de cien personas se han encontrado en el Bar Horiginal para elaborar una nueva politización del pensamiento, más allá de los mapas reconocibles de la producción de saberes y de las instituciones culturales. En estas citas de voces anónimas, sin expertos, sin ponentes, sin figuras invitadas, se “piensa juntos”, mediante un proceso colectivo de “toma de la palabra” para romper el silencio de la despolitización. Desde esa conciencia de participación colectiva, Espai en Blanc también ha llevado a cabo otros proyectos donde la crítica, además de poder ser enunciada, es una apuesta por una educación transformadora: Jornadas sobre el estado-guerra, 2002; la publicación del Informe Barcelona 2004: el fascismo postmoderno; la revista Espai en Blanc. Materiales para la subversión de la vida; la colaboración en la película El taxista full o el largo proceso de investigación sobre Las luchas autónomas en el Estado español 1970-1977 y el libro del mismo título, publicado por Traficantes de sueños.

En definitiva, una suma de experiencias, que tras la resaca triunfalista de la gran Barcelona y el repliegue de los movimientos sociales, reclaman el otro individual y el otro cultural como protagonistas de la vida. Como dice Marina Garcés: “Entre nosotros hemos abierto un mundo. La suma de tú y yo no es dos. Es un entre en el que puede aparecer cualquiera”.

Santiago Eraso.

2 Mensajes del foro

  • Al hilo de lo que comentas, Santi, me parece pertinente poner un ejemplo de las tensiones críticas a las que nos obliga esta ciudad de Barcelona. Naturalmente, teniendo siempre presente que una ciudad son sus habitantes, que la sociedad hace cultura y no al revés.

    Hace algunos años, cuando se inició el boom de la telefonía móvil, asistí –¿o presencié?, ahora se verá la importancia de los términos- a una dislocadora escena en un autobús urbano de Barcelona. Una mujer de unos 30 años de edad mantenía una conversación a través de su móvil. La cosa se transformó en discusión acalorada. En cierto momento, la mujer espetó a grito pelado a su interlocutor: “Nunca me he corrido contigo”. Las palabras resonaron en el aire denso del autobús. La mayoría de los presentes habíamos estado oyendo la conversación desde hacía rato: era inevitable no escuchar. Nos habíamos estado todos mirando con reservada complicidad desde el principio. Ajenos al problema que había suscitado el tenso diálogo (monólogo), y distanciados de la escena como si estuviéramos frente a una actriz (o la radio), “asistíamos” a una especie de performance. La presencia de esa información privada entre los presentes convertía a esa conversación en espectáculo público.

    Como actores desvinculados que todos acabamos siendo, rompemos constantemente los guiones comunes previstos cuando suena el móvil, al levantarnos de una reunión para contestar, cuando estamos en clase, en el cine o en el teatro, cuando viajamos en el tren, cuando cenamos en un restaurante, etc.. Porque esos guiones ya no son comunes, sino que están sometidos a la ley general de lo privado, que es la que prima en la actual filosofía social de la comunicación. No hay guión sobre el escenario, sino actores con sus propias obras. La mujer que mantuvo aquella conversación con el móvil no percibió en ningún momento que estuviera en un lugar público, por lo que no tuvo empacho alguno en hablar como si no hubiera nadie.

    En pocas palabras, las tecnologías que llevamos en nuestros bolsillos, en nuestros oídos o en nuestras carteras y bolsos crean una multiplicidad de espacios y tiempos que nos convierten en actores perennes en función de circunstancias de usos estratégicos. Los individuos toman el espacio público como si de un escenario se tratara, y sobre el que publicitan sus biografías privadas sin perder el sentido de la intimidad.

    Los espacios públicos actuales parecen un escenario sobre el que los actores privados publicitan su propia personalidad, su misma privacidad. No sólo hacen visibles sus biografías (hoy la gente pregunta al llamar por teléfono, ¿dónde estás?, lo que era ridículo cuando sólo había teléfonos fijos) sino también las propias técnicas individuales de construcción: un escenario-escaparate en el que pululan actores creando comunicaciones que el público no puede codificar: actores que en sus móviles, walkmans, buscas, etc, adoptan papeles secretos que desconfiguran la idea de un libreto común y participable por todos: una red de flujos que potencia la comunicación entre los actores al precio de hacer desaparecer la obra y su debate. Pero al mismo tiempo, la presencia de las tecnologías portátiles de comunicación en un espacio “virtualizado” también condensa potenciales difíciles de preveer hace sólo algunos años. Gracias al móvil o al email, hoy podemos “convocarnos” todos a una manifestación en cuestión de horas, canalizar pulsiones entre extraños, e incluso, más increíble todavía, vivir sueños ajenos de forma voluntaria y consciente, sin necesidad alguna de fronteras entre escenarios, actores, espectadores o traductores.

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  • Como comenta Jorge Luis una de las principales cuestiones que suscita el uso de la tecnología (y de la red) es la puesta en cuestión del ámbito público y del privado. La gestión de ese cortocircuíto es la que nos incomoda en muchas ocasiones, pero la que nos permite una condensación casi instantánea de intenciones. Amador Fernández Savater y Margarita Padilla cuentan -precisamente en la última publicación de "Espai en blac"- en un texto titulado "Las luchas del vacío", cómo un nuevo espacio comunicativo puede generar también nuevas fórmulas de divergencia, no necesariamente unidas a la "agrupación política" o al "organo de comunicación" tal como lo hemos conocido hasta ahora. La conversación de la mujer en el autobús a la que se refiere Jorge L. seguro que disparó miles de pensamientos y cantidad de reflexiones que seguramente influirían posteriormente en comportamientos, respuestas y situaciones... En la medida en que todo eso sea politizable (dicho esto sin la gravedad propia de los organos de comunicacion), estaremos asimilando que el cortocircuito entre lo público y lo privado es todavía gestionable. De todos modos hay otra pregunta cuando se habla por el móvil antes de la de "¿Dónde estás?", es la de "¿Te pillo bien?"...

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