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Quizás uno de las cuestiones que más deberíamos cuestionarnos a la hora de reflexionar sobre las "comunidades" es que, a menudo, se emplea el término en clave esencialista. Numerosos activistas, grupos, redes se congregan ante la idea de comunidad como si ésta tuviera algo de "natural", de profundamente "popular", como si estuviera vinculada a una manera "incontaminada" de hacer política, razón por la cual sería objeto del desprecio contrarrevolucionario de las estrategias hipócritas de la política al uso. Las comunidades, las redes, a veces se presentan como lugares en los que preserva un modo premoderno de hacer política, una especie de refugio arcádico en el que las dinámicas de discusión y aplicación se proyectarían gracias al buen rollo y a la ausencia de estrategias individualizadas que rompen con la armonía resultante de un grupo altamente cohesionado. Ejemplos de ello los podemos encontrar en algunas de las apelaciones indigenistas a las comunidades rurales; en ciertas llamadas a las redes creadas en los barrios marginales de las grandes urbes; en numerosas referencias a los tejidos generados por los misioneros o cooperantes en zonas "limítrofes" de la humanidad. Todo la cosmología que rodea esa especie de "Eldorado ideológico" esconde un profundo resentimiento hacia la negociación, la infiltración, el camuflaje; precisamente técnicas de actuación no basadas en esencialismos sino en prácticas fundamentadas en errores y aciertos.
En 1987, científicos sociales propusieron una lectura de las relaciones sociales a partir de las evidencias extraídas de la observación del comportamiento de los mandriles. Según esos estudios, los mandriles no responden a una relaciones ya fijas en una estructura estable, en el sentido de que den por sentado una determinada jerarquía en el grupo o una división de dominios: por el contrario, las relaciones con los diversos miembros del grupo se rigen mediante la observación, el cálculo, la prueba, la comprobación, la negociación o la manipulación. Los mandriles no persiguen una sociedad determinada, considerada como la natural, o la mejor, sino que se encuentran con la que van haciendo cada día y utilizan técnicas y herramientas para poder lidiar con ella. Más que entrar en un sistema de alianzas, van probando la disponibilidad y solidez de éstas sin saber seguro por adelantado qué relaciones se mantendrán y cuáles se romperán. Así, por ejemplo, el valor social de la dominación por el más fuerte, en el marco de esta teoría, no es simplemente un esfuerzo en la lucha por la jerarquía, sino un modo de crear relaciones en las que, por supuesto, la dominación es un valor importante. La dominación, por tanto, sería más bien una herramienta que un modelo de estructura. Los mandriles aparecen como jugadores sociales negociando y renegociando activamente lo que la sociedad es y lo que será. Frente a estos indicios, los dos científicos se preguntaban: si hubiera una estructura previa en la que “se tuviera” que entrar, y en donde espejar nuestras relaciones sociales, entonces, ¿por qué todo este comportamiento fabricado para investigar, negociar y vigilar? Y por extensión, argumentaban: ¿no es todo esto aplicable en parte a la sociedad humana? ¿perseguimos un modelo determinado –grabado en los genes históricos y sociales- de vida social, por lo que todo lo que hacemos lo hacemos para cumplir ese espejo? ¿O se trata más bien de una serie concatenada de pruebas y errores que nos sirven para ir descubriendo nuestras estrategias en la negociación perpetua que supone la relación con los demás? Las derivaciones de estas cuestiones hacia el campo de la política y la economía son evidentes y enjundiosas. La sociedad se construye a medida que los actores actúan. En vez de buscar el vínculo social en las relaciones entre actores, hay que poner el énfasis en cómo los actores consiguen ese vínculo en su búsqueda social. La vida social se modela, se ensancha y se encoge a través de las prácticas, pruebas, éxitos y errores de la gente. ¿Por qué no aplicar esta lectura también en el campo de las propias herramientas? ¿por qué no intentamos comprender las herramientas mismas no como sistemas técnicos cerrados o que responden únicamente a unos fines determinados, sino como sistemas en un constante “llegar a ser”, cuya evolución está supeditada a lo que la gente hace con ellas en sitios y momentos determinados? ¿Y por qué no podemos intervenir en ellas a través de nuestros usos, mediante la reactualización de nuestras prácticas?
Jorge Luis Marzo
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